Entrevista con Marcus Miller: Miles Davis llegó al estudio, habló con Bill Evans y le pidió un bajista

Entrevista Marcus Miller – fuente Heraldo Aragón

Nacido en Brooklyn, criado en Jamaica (no la caribeña, sino la barriada neoyorquina), Marcus Miller fue educado en la música por ministros de Dios y destinistas sin otro credo que el de las escalas, los tiempos, los acentos y la afinación. Todos hicieron bien su trabajo, a tenor del resultado. Es un grande que cuenta cosas a lo grande, con el tono genuino de la humildad que caracteriza a quienes hacen fácil lo difícil y no se creen por ello la última cocacola del desierto.
Lo suyo fue un asunto de precocidad y, en cierto modo, una vocación orientada.
La verdad es que mi padre era una persona muy musical, pero no se trataba del único con esa afición en la familia. Mi abuelo era predicador en Brooklyn, tenía una iglesia, y en el servicio de cada domingo por la mañana había música. En la tarde, toda la familia se juntaba en el sótano de casa y cada quien tocaba para los demás. Era fantástico. Pronto me dejaron tocar y empecé con el clarinete: terrible para ellos, emocionante para mí.
¿Dónde recibió usted sus primeras lecciones formales?
Mi padre tenía un piano en casa y tocaba a todas horas. Muchas veces venían monaguillos a casa y ensayaban, yo también participaba: era una parte importante de mi vida. Así que mi primer profesor fue mi padre, aunque no me dio lecciones formales; él tocaba y yo observaba, y luego trataba de imitarle, pero a veces es difícil dar clases a tu propio hijo. Paramos y a los ocho años volví a probar en el colegio. A los diez tomé el clarinete más en serio, pero entonces andaba impresionado por los Jackson 5 y quise cantar, tocar el bajo. Con este instrumento me sentí enseguida a gusto desde los 13 años y nunca lo he dejado.
¿Llegó entonces el aprendizaje de la calle, el empírico?
En realidad venía de antes. Con mi padre fui aprendiendo las armonías. Tras el piano fui probando teclados a la vez que practicaba más con el bajo. Cuando tocas el bajo quieres mejorar con la guitarra, un instrumento similar. Y dime si hay alguien en la música que no sueña con ser batería: es fantástico. Con mi primera banda me encargaba del clarinete, y desde ahí es un paso lógico probar con el saxofón. Supongo que es cuestión de curiosidad, de retos y de disfrutar con lo que aprendes.
En edad escolar se vio trabajando con grandes músicos. Conoció a Dave Grusin, a Chaka Kan…
Era gente a la que oía en discos y de pronto, tocaba con ellos: para un chico de 17 años es impresionante. Eso sí, viviendo en Nueva York hay más oportunidades. Yo iba mucho a los clubes, me sentaba a escucharlos, tocaba en las ‘jams’ cuando podía o cuando me dejaban. Cuando empecé a tocar junto al flautista Bobbi Humphrey tenía aún 16, y fue el inicio real como músico profesional. Luego trabajé unos meses para Chick Corea, y ya desde los 17 me establecí como músico de estudio en Nueva York.
Ha grabado con artistas muy diversos. ¿Se hacía difícil cambiar de chip?
La verdad es que me hice popular pronto, tuve suerte: de pronto pasaba días completos grabando, y cuando eso ocurre aprendes a amoldarte a cada trabajo. Un día era Grover Washigton, otro Paul Simon o Elton John, luego Roberta Flack. Muchas cosas diferentes, pero eso es lo que le pasa a un bajista de estudio: te llaman, te alquilan, debes hacer tu trabajo, leer bien y captar lo que se espera de ti, darlo, ser disciplinado y buscar de adentro. Yo estaba entrenado en la disciplina y en leer música gracias al clarinete. Lo demás fue trabajo.
Y llegó Miles Davis…
Yo tenía veintiún años, era 1981. Él había estado parado unos años y regresaba a las grabaciones. Llegó al estudio, habló con Bill Evans y le pidió un bajista para unas pruebas. Me llamó, fui… y resulta que dijo que sería yo. Pasé dos años en su banda, luego la dejé para centrarme en mis composiciones y trabajos de producción, pero volví con él en 1986 y grabamos varias veces más. Qué puedo decir…
Ha comentado usted que disfruta tocando en España, y lo ha hecho fuera de España. Un elogio doble.
Siempre es especial venir aquí, y aunque ciertamente no se trata de un país de jazz, sí es tierra de música, de emoción y pasión. Me encanta escuchar a los guitarristas españoles. Y a los grandes músicos en general, como Richard Bona, un bajista sensacional de Camerún, o Alex Han, saxofonista muy joven y muy bueno. La buena música no tiene patria. + info

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